El gobierno mexicano decidió respaldar la candidatura de la expresidenta chilena Michelle Bachelet para encabezar la Organización de las Naciones Unidas, una postulación impulsada también por Brasil y formalizada por el presidente de Chile, Gabriel Boric. En ese contexto, México desistió de impulsar a la actual secretaria del Medio Ambiente, Alicia Bárcena, como aspirante al cargo, para sumarse al apoyo regional.
La decisión tiene un significado que va más allá de la competencia por un puesto internacional. Con este movimiento, México parece apostar por el multilateralismo en un momento en que el sistema internacional basado en reglas enfrenta presiones crecientes y donde la ley del más fuerte se impone cada vez con mayor frecuencia.
Durante años, la política exterior mexicana priorizó la relación con Estados Unidos, una estrategia lógica por la profunda integración económica y social entre ambos países. Sin embargo, concentrar la agenda internacional en un solo eje también implica riesgos, particularmente en un contexto en el que Washington ha endurecido su política exterior y ha recurrido a presiones económicas y comerciales para influir en decisiones de otros gobiernos.
El respaldo a Bachelet, además de fortalecer vínculos con América Latina, envía una señal de que México busca diversificar sus alianzas y recuperar espacios de influencia en organismos multilaterales. Sobre todo, México busca que prevalezca el sistema de respeto a reglas, cooperación global e igualdad entre naciones. Durante décadas, México se ha beneficiado de este orden mundial que, a pesar de sus importantes áreas de oportunidad, ha permitido al país operar con certezas como el respeto a su soberanía.
Convertir este gesto diplomático en una verdadera estrategia requerirá constancia. Impulsar el multilateralismo no se logra con un solo apoyo político, sino con una participación sostenida y con la disposición de defender intereses nacionales dentro de estos foros. La candidatura de Bachelet podría ser apenas el primer paso de ese camino.